lunes, 31 de agosto de 2015

Tardías sombras adurables

Acaudalado,
como manto de esgrima y lágrimas,
una mesa dorando mis manos,
dos copas sin cocer la sombrilla,
mi espera,
la muerte,
el silencio,
la humedad.

Ya no vas a estar para amanecer,
ni me voy a reir de tus pijamas.
Hoy no puedo esconderme en telas,
no me hace falta nada de nada, de nada.
Nada a mí me hace más peor
que hacer de cuenta
que ya hemos sido muñequitos,
solos y embraveados,
en una puerta con toros amigos,
de frutas y pueblos,
hasta que el sol de desangre.

Para las noches
es mejor levantar el sombrero:
una por una van cediendo las cosechas,
de tanto en más de cinco gotas misioneras
ya no suelen destaparte y sin arañar
la sombra, de ahora, en más, y ya, venir, torcer, aumentar.
Miro y miro y desprecio a las camitas,
las boletas de luz y los autobuses
porque hoy no me parece querer
ese más torcido mal trecho color de tormenta,
una vuelta sin pasos en Septiembre,
otra oreja que se mezcla para no mirar
y ¿tantas avispas pueden tener cuatro, cinco,
veintinueve comas por su entraña
y no ejercer en sus momentos de gloria?.

No. A veces la gloria no es un supuesto.
Hay veces que yo no me llamo José
porque no me apetecen los nombres tartamudos,
cuando hacía de cuenta que me costaba amarrarte
y dejaba para el aire algunos coches sucios,
olvidaba que no debería sernos amor
por más que te agradezcan los pastores
por haber desvelado a las moscas,
por más que un plato de rabas y legumbres
lo dejes a un costado y me tientes a mostrarte la lluvia.
Nazarena en libros que me fueron muy tramposos,
en castillos que olían a milagro,
yo-no-me-debo-atardecer sin huesos.
(Ese sería mi juego privado).

Hace tiempo crucé aquella puerta,
te sentaste frente mío,
pagué la cuenta
y nunca, pero nunca, te ví sonreír.
Sospecho que algunas trampas
más los maridos que vuelven a la madrugada
y te esperan como Jaime a su florcita,
de esos zonzos estoy curado de migraña.
Aparezco como tinta en la ventana,
me despido sin volverte a besar. 

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